Cuando el arraigo mata | El Blog del terror


Cuando el arraigo mata


APATZINGÁN, Mich. José Luis murió el 18 de agosto de 2005 alcanzado por el fuego cruzado entre policías y pistoleros. José Luis, subdirector del Comité de Planeación para el Desarrollo Municipal del gobierno local, viajaba en una camioneta, iba rumbo a la comunidad de Chandio, donde tenía su casa. La guerra por el control de tráfico de drogas vivía, en la Tierra Caliente michoacana, uno de sus episodios más sangrientos.

Al pasar por una estación de servicio, José Luis recibió tres tiros en la espalda. Estaba en el lugar y el momento equivocados: justo en ese instante un grupo de policías combatía a balazos con presuntos narcotraficantes.

Antonio Cruz Lucatero, quien en ese tiempo era el alcalde, recuerda que todos los días hábiles José Luis regresaba, alrededor de las 11 de la noche a su casa en Chandio, una comunidad rural ubicada a diez minutos de la cabecera municipal.

Cruz Lucatero —ahora diputado local por el distrito de Apatzingán— da cuenta del autoexilio de la esposa y otros familiares de José Luis.

“La esposa de él se fue de Apatzingán al norte del país, de donde es originaria. Se llevó a los dos hijos procreados por ambos”, rememora el legislador, a quien como alcalde le tocó uno de los momentos más complicados de la disputa territorial entre los cárteles del Milenio y del Golfo.

Clemente, un comerciante muy reconocido en Tierra Caliente, también optó por salir de Apatzingán tras la muerte de su sobrino José Luis, telata el político perredista, “como muchos otros hombres y mujeres productivos que salieron de la ciudad ante la inseguridad pública”.

“A todos quienes no ha tocado vivir la ola de violencia en la región donde nacimos nos queda un mal sabor de boca. Muchos se fueron por temor, pero otros tantos permanecen aquí, porque no les queda de otra”, comenta.

Los taxistas tienen abundante información respecto de las muertes violentas, enfrentamientos y levantones. “Ta pelada”, sintetiza Juan al ser cuestionado sobre la muerte de José Luis.

Con más de 60 años y al menos dos décadas de vivir en Apatzingán, el taxista habla del control ejercido por los grupos delictivos: “Tienen orejas en todos lados, todo saben, de todo se dan cuenta y nosotros ganamos más callados.”

Otra de las víctimas del narco que ni la debían ni la temían es Nezahualcóyotl,
chofer de Ramiro Rubio, ex presidente municipal de La Huacana, también en Tierra Caliente. Los dos fueron ejecutados el 4 de enero de este año.

La conducta de sus deudos es muy parecida a la de los parientes de José Luis: prefieren no hablar de tema. La familia del chofer sí se quedó en La Huacana, de donde son originarios, pero el tema no se toca ni siquiera con las autoridades.

Pero no son los únicos crímenes de este tipo. El 25 de abril de 2008, Marlet, de cuatro años de edad, murió cuando un grupo de sicarios atacó el vehículo en el que viajaba con su padre, quien también pereció.

Toda la familia se transportaba en una minivan. El ataque se perpetró en el poblado de Venustiano Carranza, en los límites con Jalisco, entidad de donde era originaria.
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