Soñaba con ver a sus hijos graduarse | El Blog del terror


Soñaba con ver a sus hijos graduarse


CULIACÁN.- Daniel era un padre ejemplar, un esposo cariñoso, un muy buen amigo y un excelente trabajador. Hoy está muerto. Una bala que no era para él le cortó la vida y la ilusión de ver graduados a sus hijos.
Se convirtió en una víctima inocente del narcotráfico, la segunda en la familia en menos de siete meses. Originario de El Cubilete, Guasave, estaba casado y tenía dos hijos: Dulce Lilián, de 18, y Jesús Daniel, de 15 años.
Su sueño era darles una carrera universitaria, pero cinco días antes de que su hija se graduara de la preparatoria, una bala perdida lo mató. El viernes 4 de julio circulaba sobre una de las avenidas principales de Culiacán rumbo a su trabajo, y dos cuadras antes de llegar, en un crucero, una de las más de 300 balas que un grupo de sicarios disparó para matar a dos agentes de la Policía Ministerial le quitó la vida.
Daniel, de 44 años de edad, trabajaba desde hacía 20 años en una agencia automotriz como encargado del almacén de autos nuevos. “Un puesto de mucha responsabilidad” al que llegó escalando poco a poco.
Su trabajo consistía en hacer un inventario pormenorizado de los autos nuevos que se vendían, y trasladarlos de la bodega al punto de venta. Ese viernes, por su trabajo, no pudo ir a comer con su familia a las afueras de Culiacán, como acostumbraba hacerlo.
“Tengo mucho carro que trasladar”, le dijo a su esposa por teléfono, y esa fue la última vez que hablaron.
Comió con dos de sus compañeros de trabajo y con su jefe en un supermercado, ubicado en la misma esquina en la que minutos después perdería la vida. El tema de conversación durante la comida fue la violencia del narcotráfico. “Mientras comíamos vimos a tres agentes de la Policía Ministerial armados hasta los dientes, y yo les dije apúrense no los vayan a matar aquí y se desa-te una balacera”, recuerda su jefe, Jesús Eduardo Montoya.
La muerte ya estaba rondando cerca, pero eso quizá Daniel no lo sabía o no le temía. “Aquí no va a pasar nada, la mesa es sagrada”, reviró Daniel a su jefe.
Acudió a la bodega de autos y después se regresó a la agencia automotriz.
Circulaba de sur a norte por la avenida Obregón cuando una bala perdida dio en su espalda.
Malherido, continuó conduciendo, dobló a su derecha en el crucero, pero las fuerzas se le acabaron. Recostado en el volante de su automóvil Platina circuló unos metros más y se detuvo justo frente al lugar de su trabajo.
Los disparos en contra de los agentes ministeriales continuaban. En la agencia automotriz los escucharon, y al ver a Daniel, sus compañeros lo auxiliaron y de inmediato lo llevaron en el mismo carro al Seguro Social, pero ya era tarde, la bala había destruido órganos vitales .
Papilingo, como le decía su hija, “era un padre ejemplar”. Escuchaba atento a sus hijos, los aconsejaba y los motivaba. “Échenle ganas al estudio les decía es lo único que les voy a dejar”.
A los 18 años dejó su natal Cubilete para prepararse como ingeniero agrónomo en Culiacán. Era un hombre “que siempre tenía ganas de aprender más”, y por eso “se quebraba el lomo” para que sus hijos salieran adelante.
En un estado donde muchos se dejan llevar por el dinero del narcotráfico, Daniel sostenía que “la educación es la única forma para salir de pobres”, recuerda su hija.
“Le mortificaba” la escuela de sus hijos, y por eso, además del trabajo en la agencia automotriz, desde hace cuatro años, Daniel trabajaba por las noches como conserje en la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS).
Daniel ya había escapado en abril a una balacera a espaldas de la agencia automotriz. En esa ocasión, le contó a su esposa: “Ay, vieja, si hubieras visto. Nomás volaban las balas, pegaban en las láminas, y los policías corriendo nos decían que los auxiliáramos porque ahí venían los sicarios”.
Daniel era tío de Idania Veysabeth López Hernández, la niña de dos años de edad que murió después de tres días de agonía, al resultar herida por una bala perdida en año nuevo. “Cero y van dos”, dice su esposa María Josefina, mientras, enfundada de luto, contiene el llanto y baja la mirada.
Llevaban 18 años de casados. Un mes antes, el 7 de junio festejaron su cumpleaños, y “como no teníamos dinero, mi hermano y yo compramos unas cartulinas y con unos crayones escribimos: Feliz Cumpleaños Papilingo. Pegamos el letrero afuera de la casa. Cuando lo vio se sonrió y lo abracé”.
Los domingos era el día familiar. “Ese día nos levantábamos tarde y él entraba al cuarto: Pankea, Chinitos como le llamaba a Jesús y a Dulce, respectivamente ya levántense. Vámonos a desayunar”.
Los sábados jugaba en un equipo de futbol con sus compañeros de trabajo. Era el portero. Dos semanas atrás habían iniciado el torneo, y todavía media hora antes de que una bala le arrebatara la vida, bromeó con sus compañeros por el partido que se llevaría a cabo un día después entre los equipos Lavado y Ventas.
“Los vamos a golear, fueron las últimas palabras que le escucharon decir sus compañeros, antes de retirarse a la bodega. Quizá con el presentimiento de que la muerte estaba cerca. En un hecho poco frecuente en él, antes de salir de su casa le preparó el desayuno a su hijo. “Huevos estrellados. Mi desayuno favorito”, recuerda Jesús, dejando atrás por un instante la mirada triste y olvidando que su padre no podrá cocinarle más.
Atrás quedaron los planes de ir a una fiesta de XV años a Guadalajara, Jalisco, el próximo 26 de julio; la curiosidad de conocer un pueblo de ese estado, Miguel Sauce; el deseo de envejecer al lado de su esposa y, sobre todo, la ilusión de ver graduados a sus hijos.
Dulce aún no lo puede creer. Mañana es su graduación y su Papilingo no estará con ella. “Todos mis sueños, todo lo que yo quería lograr era para que él se sintiera orgulloso”.
El día que mataron a su papá, estaban en casa de su tía. “Ya nos íbamos a comprar una cámara digital, era la ilusión para el día de mi graduación, y en eso sonó el teléfono. Una tía le avisó a mi mamá que hubo una balacera. Mi papá estaba herido”.
Tomaron la noticia tranquilos. “Mi papá era muy exagerado, se hacía una cortadita y se ponía 20 vendas. Pensé que nos lo iban a entregar vendado de un brazo y de un hombro”. A esa idea se aferraron cuando su esposa lo vio recostado en el hospital, “pensé que estaba vivo y que yo estaba quitando tiempo para que lo atendieran”, pero Daniel ya no tenía signos vitales desde que llegó al Seguro Social.
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